No empecé este camino para emprender. Empecé para respirar.
Después de muchos años liderando equipos, presupuestos y proyectos, llegó un momento en el que mi vida me pidió coherencia.
Ser madre. Acompañar la enfermedad de Alzheimer de la mía. Sostener a decenas de personas en mi equipo. Cumplir objetivos. Demostrar que sí podía con todo. Con todo al mismo tiempo.
Ahí entendí algo que cambió para siempre mi forma de liderar y trabajar con organizaciones:
La vida me ha enseñado, a veces con ternura y otras con golpes, que las personas no somos un recurso.
Que lo profesional y lo personal no compiten: se necesitan.
Y que cuidar a las personas no es un detalle. Es estrategia.
Desde entonces, mi forma de trabajar con organizaciones parte de esa convicción.
No desde el discurso.
Desde lo vivido.
Porque lo que pasa en la vida de las personas impacta en cómo lideran, en cómo trabajan y en cómo sostienen a otros.
Por eso trabajo con organizaciones que están dispuestas a revisar cómo lideran, cómo toman decisiones y cómo cuidan a las personas que hacen posible su proyecto.
A las personas a las que he acompañado.
a las organizaciones que se atrevieron a revisar su forma de liderar.
A las entidades sociales que siguen construyendo con pocos medios y mucha convicción.
Y a mí. A la que un día decidió que coherencia y liderazgo no podían ir por caminos distintos.